"Poco se habla de cuando la incertidumbre es mejor que la certeza."
En fin, que nos vamos. A casi todas partes. A ningún lado, qué más da. Nos estamos yendo constantemente porque quedarnos nos da incluso más vértigo que el que sentimos cuando estamos a punto de partir. A punto de volvernos a mirar hacia donde ya nadie nos espera.
Nos estamos yendo constantemente, porque no sabemos vivir de otra manera. Porque quedarse implica consecuencias y porque irse silencia réplicas y súplicas. Porque emprende caminos y agarra a la aventura de la mano. Y nos vamos con ella, donde ella descanse, donde proponga ella, donde diga "me quedo aquí". Nos quedamos, un rato, un par de soles quietos, cinco tardes de arena, diez cervezas, tres líneas más arriba.
Y pronto nos cansamos, retorcemos las manos, poco a poco apartamos la mirada de la piel blanquecina de su vientre bajo la luz del día. La miramos callados, con miedo a la respuesta.
Entonces ella, segura, sin miedo del olvido, apartando con cada parpadeo los incómodos hilos del recuerdo, nos devuelve la mirada con sus ojos inmensos. "Vive", no pasa nada, "vete, ya nos veremos". Sonríe, pone cara de cierta, despoja de las dudas labio a labio. Y se vuelve a brillar bajo esa tarde de la que ya no nos sentimos parte. Cada vez más inquietos, recogemos las alas. Caminamos despacio. Nos giramos para ver si aún nos mira sin rastro de sorpresa.
Y, al volver con la mano alzada a despedir su encanto, ya no está. Se instala peso a peso en el fondo del alma una voluta inquieta, que tiene un suave tono de huracán.
Y partimos entonces, volviendo a cada rato a mirar confirmando que no hemos visto nada. Inseguros de irnos, pero a la vez amargos y contentos, inquietos de volvernos, a estar solos.
Llegamos suavemente a cada rato al mismo punto del que ayer partimos.
Ruiz. B.