martes, 11 de noviembre de 2014

La luz tiene rincones con bolsillos para la lluvia

La luz tiene rincones con bolsillos para la lluvia. Hay un estuche que desborda manzanas, tres perfumes, un elefante y algunas estructuras de edificios. Sobre la mesa, la luna en equilibrio. El peso del país pende de un hilo telefónico. Hay redes. Hay diccionarios. Hay fotografías lamidas por camellos traídos de Oriente. Los mapas se deshinchan como labios que duermen. Dos cisnes les contemplan. Sobre la cama, tres cortinas de humo velando sacos de patatas en absoluto secreto. ¡Que no les oiga nadie más allá del océano! 
Despertaron. 
Por todos es sabido que acechan horas verdes y ventanas inmensas - centinelas olímpicos de la noche en el trópico. 
Tenían los ojos tránsfugas y una flor de azafrán sobre uno de sus hombros, azares y espolones detrás de las muñecas. Sus sombras enterradas han surgido de la esquina del cielo. El desorden está debajo de las toallas blancas, sin alcanzar las cuerdas de guitarra y el chubasquero. 
Hay un charco de saliva a los pies de la cama y una bombilla rota. 
Salieron con urgencia, sin avisar a los guardias: tenían una sartén debajo del abrigo.
Cómo será saber qué habrá sido de ellos. Si habrán llegado. Si estuvieron allí o sucedió en la calle paralela. 

Ruiz. B.  

domingo, 12 de octubre de 2014

Un mayo, dos mayos, tres mayos.

Se me olvidó hablar de los elefantes que penden de globos aerostáticos. No hablé nunca de los colibríes, la chaqueta naranja y los cojines tirados en el suelo. Ni de la cama abierta.

No hablé de los cafés de boca a boca, de las piernas desnudas, de las ramas, las hojas cuando llueve, los timbales, Manel, el sol, el agua. No he hablado todavía de los ojos que ocultas y no cierras – si duermo, con cuidado y con miedo, al borde de la calma.

No he hablado tampoco de tus manos desde el filo del frío hasta el fondo del alma.

Se me olvida la vida a cada rato. Where is home. Where is far. Where is summer. No he dicho que esta noche, a mi lado – caldo, calor, almohada -  tu cuerpo zizagueaba entre dos parpadeos. No he dicho que quiero quebrar el tiento. Ni he hablado de líneas y cruzadas, del algodón de azúcar, películas, macetas, tabaco, madrugadas.

No recuerdo quién era cuando me desbordaba. No he olvidado decirlo, solo que no recuerdo la textura del cielo de las cosas que fueron. Ni la quiero.

Diré que releer la cinta blanca siempre es providencial. Que existen y que insisten otras vidas de lejos. Que mirar con los ojos desnudos es valiente. Que quiero que me invadas.

¿Probamos? Es lo mío. Pierdo el miedo deprisa.
Hazme correr, despacio. Conquista para mí las últimas terrazas de la risa.
Tiémblame. Aprisiona en tus manos el eje de mi espalda.
Mírame, no me escuches.
Invade mis mañanas de domingo.

Quiero que me rebatas, que juegues, que me vuelques, que respires, que invadas con los ojos la patria ingobernable y enterrada en el hueso. Viérteme un laberinto con los dientes. Proyéctame un boceto de saliva. Dame y exígeme el blanco de los ojos.

Nádame las entrañas. Que haya peces.

Contamíname el vuelo de ciudad.

Extiéndeme la piel bajo las ramas.

Ruiz. B.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Lisboa.

"Hay una especie de equivocación inefable al principio de los principios."

La calle no parece la misma cuando tienes que ir deprisa a alguna parte que cuando llegas a casa. Tampoco es igual cuando la recorres de arriba abajo que cuando lo haces de abajo arriba, por una acera o por otra. No es igual hoy que ayer, y tampoco es la misma por la mañana y por la noche. Supongo que ninguna cosa es igual a otra y que tampoco nada es igual a como era.

Supongo - también - que en cinco minutos llamarán a la puerta y que merendaremos como siempre hemos hecho, que el café sabrá igual o parecido, que las manos diminutas seguirán muy pequeñas y que en la entrada habrá un espejo y una alfombra.

Y sin embargo, de lo que pasará mañana a la hora de la merienda, no supongo nada. Cuando viajas no sólo cambias de lugar, no es sólo el espacio físico que ocupas lo que cambia, ni sólo las calles, la luz, el idioma o el cielo.

Nos gusta crecer, y nos da miedo. Nos impulsa y nos frena. Nos daña y nos sana. Nos mima y nos educa. Nos enseña a olvidar. Nos obliga a aprender.

Hoy me ha dicho Fernando que ya llamamos vértigo a querer llorar cuando, en realidad, es una sensación ilusoria de movimiento. Pero yo creo que es más lo primero que lo segundo, y también un montón de fotos, una taza, muchísimos vestidos, los libros importantes, un kit de supervivencia, un elefante pequeñito, dos dibujos, un mini zine, y un mono de peluche en la maleta.

En fin, que espero saber irme.

Ruiz. B. 




viernes, 28 de marzo de 2014

Se puede besar haciendo hueco. Un beso como un cuenco con las manos. Como todas las cosas que se escurren. Hay besos que aparecen. Como salir de un escondite. Como todas las cosas nuevas. Se puede besar suave. Como la piel de un hombro. De repente. También se puede besar lejos. Un beso parecido a un aeropuerto, o a un tren. Hay besos como fruta, de colores. Y besos como sábanas, hilo a hilo. Se puede besar como una falda, con vuelo. O como un pájaro, con alas. Un beso como un río, con orillas. Un beso como Marzo un jueves por la noche. Como ventanas blancas. Hay besos que parecen manos en la cintura. Y besos que hacen ruido. También los hay que no llegan a darse, fríos, como una vacante. Un beso que no es suficiente. Y luego están los besos que se abren, como ojos, sobre todos los mares de saliva. Sobre todas las bocas. Sobre todos los peces amarillos.


Ruiz. B. 



lunes, 10 de marzo de 2014

Un cor verd i blau a parts iguals.

Hay tardes ovaladas. Se presentan ingrávidas de luz. Llegan como se van algunas cosas. Se conmueven de azul y manos breves. Tienen, a veces, la gravedad de un grito en medio de una iglesia, "ahora es el momento, de repente, alguien grita, y hay un muerto".

Hay tardes con la forma de un tarro de cristal, con jardines que tiemblan por la frente, miradores del peso de una flor que aún no existe. Germinando entre rocas, calles quietas, sombras de par en par, algunos bancos.

Hay personas que nunca tienen prisa. La ternura del cielo desplomado se abisma en las cinturas. Los hombros, como blancos estigmas de las guerras, acarician encuentros de saliva.

Hay miradas que quiebran estructuras.

Hay bocas donde el vuelo es la máxima rebelión de las horas. Existen de verdad. Yo las he visto.

Ruiz. B.