viernes, 7 de diciembre de 2012

Sin límites.


-          La carne es triste cuando está muerta. Pero la carne nueva, la carne palpitante es la alegría de vivir. Yo no estoy triste, ¡estoy desesperado! Por la traición a mi carne, a mi sangre…a todo lo que es mi cuerpo, y mi alma.
-          Por favor, Federico…háblame sin rodeos y no en verso.
-          Nunca se dice la verdad…mas que en verso. En verso desnudo, como la verdad.
-          ¡No existe esa clase de amor que tú buscas! Eso que tú quieres, de la manera más difícil, sólo se encuentra en una mujer.
-          Yo nunca he conocido mujer…oh, sí. Las mujeres me buscan, están a gusto conmigo…hasta se enamoran de mi. Pero yo no he conocido mujer.
-          Eso sí que no me lo creo, aunque me hagas un juramento gitano por los vivos y por los muertos.
-          Yo no soy gitano, no. Soy andaluz, del reino de Granada. Y no he conocido mujer.
-          ¿Y me quieres decir que un hombre como tú, ávido y curioso de todo, se ha privado de una mitad del género humano?
-      ¿No te has privado tú de la otra mitad? Si es verdad lo que dices, es que tú eres tan anormal como yo. Que lo soy, en efecto, porque sólo he conocido hombres. Ah, y sabes que el marica me da risa. Me divierte con su prurito mujeril de lavar, planchar, coser, pintarse, vestirse con faldas, hablar con gestos y ademanes afeminados. Pero no me gusta. Tu idea de conocer solo a la mujer no es la normalidad. Ni la mía tampoco. Lo normal es el amor sin límites. En el paraíso se necesitaría una verdadera revolución. Una nueva moral. La moral de la libertad absoluta. Y esa es la que buscaba el viejo hermoso Walt Whitman...