Aquella luz era luz de mediodía, sobre las sábanas tendidas
en el patio. No necesitó mucho más para salir de allí. No necesitó más porque
extendió las manos, cerró los ojos, sintió bajo los pies la tierra roja y se
dejó ir hacia algún sitio entre los recuerdos y la escalera que ahora sólo
podía ver a través del pomo roto de la puerta. Caminó por la casa vacía,
acarició las marcas de los cuadros en las paredes, recordó la cómoda enfrentada
a la habitación donde habían estado los discos. Bajó al patio, se asomó a la
cueva donde nunca hubo nada, pero donde cupieron tantas sombras como en el
mejor de los cuentos. Y se quedó allí, en el escalón, frente a los hierbajos
que ya nadie arrancaba, observando las ramas caprichosas y salvajes de los dos
cerezos. El arenero estaba más lleno que nunca, pero no había ladrillos que
delimitaran sus bordes, y tampoco cubos, ni palas, ni rastrillos.
Así, con el calor sobre los hombros, sentenció las batallas
y las guerras. Todo tipo de guerras, pero sobre todo las de las trincheras bajo
la piel. Las heridas de las rodillas ya no escocían tanto, apenas eran una
marca con algo de relieve. Se dedicó a observarlas y acarició la piel, algo más
blanca, con cuidado. Permaneció así un rato, recordando momentos de esos que solo inspiran ciertos
lugares a los que no se ha vuelto en mucho tiempo.
Pero aquel sol era justo e intenso, y calentaba demasiado
sus párpados cerrados. Así que, despacio, para no cambiar nada, para no dejar
marcas sobre el polvo, se levantó, volvió sobre sus pasos, dejó atrás la
escalera, comprimió en su memoria el diminuto círculo de luz que mostraba las
ramas, y el rastrillo y la pala, y volvió a abrir los ojos a otro patio, con
sábanas tendidas. En este había también, en una esquina, una batalla a medias.
En la pared más larga, una ventana abierta dejaba entrar la
luz en un salón pequeño. Los que había allí fumaban, se reían, se levantaban,
iban y venían buscando un poco de aire. Demasiadas personas en un lugar tan
pequeño.
Le supo a libertad.