viernes, 12 de septiembre de 2014

Lisboa.

"Hay una especie de equivocación inefable al principio de los principios."

La calle no parece la misma cuando tienes que ir deprisa a alguna parte que cuando llegas a casa. Tampoco es igual cuando la recorres de arriba abajo que cuando lo haces de abajo arriba, por una acera o por otra. No es igual hoy que ayer, y tampoco es la misma por la mañana y por la noche. Supongo que ninguna cosa es igual a otra y que tampoco nada es igual a como era.

Supongo - también - que en cinco minutos llamarán a la puerta y que merendaremos como siempre hemos hecho, que el café sabrá igual o parecido, que las manos diminutas seguirán muy pequeñas y que en la entrada habrá un espejo y una alfombra.

Y sin embargo, de lo que pasará mañana a la hora de la merienda, no supongo nada. Cuando viajas no sólo cambias de lugar, no es sólo el espacio físico que ocupas lo que cambia, ni sólo las calles, la luz, el idioma o el cielo.

Nos gusta crecer, y nos da miedo. Nos impulsa y nos frena. Nos daña y nos sana. Nos mima y nos educa. Nos enseña a olvidar. Nos obliga a aprender.

Hoy me ha dicho Fernando que ya llamamos vértigo a querer llorar cuando, en realidad, es una sensación ilusoria de movimiento. Pero yo creo que es más lo primero que lo segundo, y también un montón de fotos, una taza, muchísimos vestidos, los libros importantes, un kit de supervivencia, un elefante pequeñito, dos dibujos, un mini zine, y un mono de peluche en la maleta.

En fin, que espero saber irme.

Ruiz. B.