La luz tiene rincones con bolsillos para la lluvia. Hay un estuche que desborda manzanas, tres perfumes, un elefante y algunas estructuras de edificios. Sobre la mesa, la luna en equilibrio. El peso del país pende de un hilo telefónico. Hay redes. Hay diccionarios. Hay fotografías lamidas por camellos traídos de Oriente. Los mapas se deshinchan como labios que duermen. Dos cisnes les contemplan. Sobre la cama, tres cortinas de humo velando sacos de patatas en absoluto secreto. ¡Que no les oiga nadie más allá del océano!
Despertaron.
Por todos es sabido que acechan horas verdes y ventanas inmensas - centinelas olímpicos de la noche en el trópico.
Tenían los ojos tránsfugas y una flor de azafrán sobre uno de sus hombros, azares y espolones detrás de las muñecas. Sus sombras enterradas han surgido de la esquina del cielo. El desorden está debajo de las toallas blancas, sin alcanzar las cuerdas de guitarra y el chubasquero.
Hay un charco de saliva a los pies de la cama y una bombilla rota.
Salieron con urgencia, sin avisar a los guardias: tenían una sartén debajo del abrigo.
Cómo será saber qué habrá sido de ellos. Si habrán llegado. Si estuvieron allí o sucedió en la calle paralela.
Ruiz. B.
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