Al principio siempre parece imposible. Después tal vez podría, ay, parece factible, pero claro, no sé. Y por último, siempre es necesario.
Cuando decimos "tú" a la nada, hay que cambiarlo. "Tú" y se va por el aire, se va a no llegar nunca a ningún sitio firme. "Tú" y se nos hace eco cuando flota, invadiendo de nadie la ya de por sí nada.
Si se dice "tú" a solas, hay que cambiarlo.
Si se dice "tú" en frío, con la boca pequeña y agarrando el vacío, hay que cambiarlo.
Cuando se dice "tú", hay que decirlo con los ojos llenos de las cosas inmensas, esas cosas que sí son importantes porque puedes tocarlas, por las que están aquí. Con el brillo naranja o azul de algunas manos, con alegría y miel, el ombligo desnudo y el mundo muy arriba, donde no pueda vernos.
Cuando se dice "tú" hay que decirlo bien, despacio, trazo a trazo y en presente.
Y si se dice contra las paredes, con ruido de cristales y jirones suaves, mejor que no se diga. Porque se desperdicia todo el rato: el "tú" de las ausencias ya no importa. Ya no, cuesta aprender, pero es lo cierto que ningún hueco ha hablado nunca solo. "Las cosas que se van no vuelven nunca, todo el mundo lo sabe".
Cambiar por yo, por té, por tarta o por paseo. Da igual, pero cambiarlo.
"Tú" para nada ya, y mejor así.
Ruiz. B.
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