domingo, 12 de octubre de 2014

Un mayo, dos mayos, tres mayos.

Se me olvidó hablar de los elefantes que penden de globos aerostáticos. No hablé nunca de los colibríes, la chaqueta naranja y los cojines tirados en el suelo. Ni de la cama abierta.

No hablé de los cafés de boca a boca, de las piernas desnudas, de las ramas, las hojas cuando llueve, los timbales, Manel, el sol, el agua. No he hablado todavía de los ojos que ocultas y no cierras – si duermo, con cuidado y con miedo, al borde de la calma.

No he hablado tampoco de tus manos desde el filo del frío hasta el fondo del alma.

Se me olvida la vida a cada rato. Where is home. Where is far. Where is summer. No he dicho que esta noche, a mi lado – caldo, calor, almohada -  tu cuerpo zizagueaba entre dos parpadeos. No he dicho que quiero quebrar el tiento. Ni he hablado de líneas y cruzadas, del algodón de azúcar, películas, macetas, tabaco, madrugadas.

No recuerdo quién era cuando me desbordaba. No he olvidado decirlo, solo que no recuerdo la textura del cielo de las cosas que fueron. Ni la quiero.

Diré que releer la cinta blanca siempre es providencial. Que existen y que insisten otras vidas de lejos. Que mirar con los ojos desnudos es valiente. Que quiero que me invadas.

¿Probamos? Es lo mío. Pierdo el miedo deprisa.
Hazme correr, despacio. Conquista para mí las últimas terrazas de la risa.
Tiémblame. Aprisiona en tus manos el eje de mi espalda.
Mírame, no me escuches.
Invade mis mañanas de domingo.

Quiero que me rebatas, que juegues, que me vuelques, que respires, que invadas con los ojos la patria ingobernable y enterrada en el hueso. Viérteme un laberinto con los dientes. Proyéctame un boceto de saliva. Dame y exígeme el blanco de los ojos.

Nádame las entrañas. Que haya peces.

Contamíname el vuelo de ciudad.

Extiéndeme la piel bajo las ramas.

Ruiz. B.


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