sábado, 13 de octubre de 2012

#.

Vendrán los años y, con los años, la calma, que te pintará en los ojos una mirada suave.
Te harán dar un paso y, después, otro, serás toda una experta en tirar adelante.
Con tanto tiempo, habrás encontrado un sitio agradable, o ya estarás un poco perezosa para buscar.
Recibirás trato de señora, o de yaya extraña que tiene acojonados a todos los niños de la vecindad.

Y serás un saco de dolores o serás una roca. Y los momentos de mirar atrás te harán gracia y te harán daño.
Y quizá no seré tu amigo, ni tendré nada que ver con si eres o no eres feliz.
Ya me veo de recuerdo medio triste que se te pasa por la cabeza una mala tarde.
Y quizá dormiré abrazadito a una mujer a la que casi no habré contado quien eres.
Quizá tengamos nietos malnacidos que se rían de mí cuando no me entere de las cosas.

Pero, cuando sea viejo, seguiré cantándote canciones, igual.
Caminaré lento y me sentaré, a veces, en los bancos.
Versito a versito convocaré tu cuerpo largo y blanco y me podrán ver sonreír un poco, por debajo de la nariz.

¡Que vengan los años! ¡Aquí me tiene la calma!
Que me juego con la decadencia de la carne que un rinconcito del comedor hará de escenario y que nadie sospechará de quien estoy hablando.

Y que, cuando sea viejo, seguiré cantándote canciones, igual. No sé si estaré para garantizarte una gran calidad...pero creeré en un versito y me distraeré intentándolo alargar, y me podrán ver sonreír un poco por debajo de la nariz,
y me podrán ver sonreír un poco por debajo de la nariz.

Manel



lunes, 1 de octubre de 2012

Que no entiende de prisa.

"Me subo a las estrellas y me tiro de cabeza."


Puede que esta noche broten todas esas cosas que no debería decir. Voy a describir la latencia. Intentaré ser correcta, pulcra y muy poco poética. Esta noche dicen no todas las cosas etéreas. 
La latencia como fuego contenido, como línea de salida, como punto de partida, como inicio del error. 
Como un estadio intermedio entre el cambio y el aún no. Como exactamente eso, tiempo detenido en mitad del camino. Es una especie de enredadera, tejer de sueños cada almohada y tentar al tiento. Mirar el cielo cuando amanece, sentir el frío, el barro y la lluvia sobre la piel.
La latencia no tiene cabida para el miedo. Que no entiende de prisa, que se muere de risa. Que dentro del orden ha sembrado un caos.

Ruiz. B.

"Si tú quieres, tengo el plan: caminar salga que salga el sol, por donde salga el sol, que no me da."
Extremoduro

martes, 11 de septiembre de 2012

Sin duda y sin mañana.

"Yo con mi vida frente a la vida de los otros."
Julio Cortázar

Escribir más allá del sentimiento. Procurar hablar de la sensación. Describir no el amor, sino sus calles, el matiz de la luz sobre los cuerpos.
Parece complejo al principio, descuidado, tosco y muy poco interesante. Pero, como para casi todo, hace falta esperar. Y el tiempo de la espera es el más  llano.
Es un tiempo de calma cargada de paisajes, de prisa.
El tiempo de la espera es el más arduo. Se hace pesado, se curva de infinito, con señales de acaso y de quizá, y ni un solo asidero.
Pero es un tiempo único, breve en la realidad del tiempo para el mundo. Breve para los otros. Pequeño para todo y para todos.
Hace falta mirar con otros ojos.
El tiempo de la espera es el tiempo de hilar con manos hábiles los pedazos de cielo huidos, de alzar la vista, de explotar los rincones de "las últimas terrazas de la risa." Se permite volver, en este tiempo, a nacer de entre las ruinas. A la no-salvación. Al riesgo de vivir.

"En las cimas del beso, sin duda y sin mañana."
Pedro Salinas

jueves, 6 de septiembre de 2012

Deseo.


Deseo, deseo, deseo.
Tiempo que escapa, aves que vuelven tras viajes que duran una semana rota y aplicada.
Deseo, deseo, deseo.
Musgo callado, húmeda fiebre detenida, densas las manos, las bocas y las alas.
Deseo, deseo, deseo.
Esperar una tarde sin luna, una noche con sol y con estrellas.
Sabor de ángel, de lluvia y de promesa.
Sobre vientos, y versos, y palomas.


martes, 28 de agosto de 2012

Entre las sábanas.


Aquella luz era luz de mediodía, sobre las sábanas tendidas en el patio. No necesitó mucho más para salir de allí. No necesitó más porque extendió las manos, cerró los ojos, sintió bajo los pies la tierra roja y se dejó ir hacia algún sitio entre los recuerdos y la escalera que ahora sólo podía ver a través del pomo roto de la puerta. Caminó por la casa vacía, acarició las marcas de los cuadros en las paredes, recordó la cómoda enfrentada a la habitación donde habían estado los discos. Bajó al patio, se asomó a la cueva donde nunca hubo nada, pero donde cupieron tantas sombras como en el mejor de los cuentos. Y se quedó allí, en el escalón, frente a los hierbajos que ya nadie arrancaba, observando las ramas caprichosas y salvajes de los dos cerezos. El arenero estaba más lleno que nunca, pero no había ladrillos que delimitaran sus bordes, y tampoco cubos, ni palas, ni rastrillos.
Así, con el calor sobre los hombros, sentenció las batallas y las guerras. Todo tipo de guerras, pero sobre todo las de las trincheras bajo la piel. Las heridas de las rodillas ya no escocían tanto, apenas eran una marca con algo de relieve. Se dedicó a observarlas y acarició la piel, algo más blanca, con cuidado. Permaneció así un rato, recordando  momentos de esos que solo inspiran ciertos lugares a los que no se ha vuelto en mucho tiempo.  
Pero aquel sol era justo e intenso, y calentaba demasiado sus párpados cerrados. Así que, despacio, para no cambiar nada, para no dejar marcas sobre el polvo, se levantó, volvió sobre sus pasos, dejó atrás la escalera, comprimió en su memoria el diminuto círculo de luz que mostraba las ramas, y el rastrillo y la pala, y volvió a abrir los ojos a otro patio, con sábanas tendidas. En este había también, en una esquina, una batalla a medias.
En la pared más larga, una ventana abierta dejaba entrar la luz en un salón pequeño. Los que había allí fumaban, se reían, se levantaban, iban y venían buscando un poco de aire. Demasiadas personas en un lugar tan pequeño.
Le supo a libertad.
  

martes, 21 de agosto de 2012

La delicadeza.

"Dichosos los que eligen. Los que aceptan ser elegidos." Julio Cortázar
La delicadeza de los encuentros entre los caracoles, de los saltos de página.
La de las manos que abandonan la caricia, o la de las sábanas, cuerpo arriba.
La delicadeza al dejar caer los párpados, ceder el paso al sueño, al dejarse vencer.
La de los besos en estío. 
La de los besos por hastío.
La delicadeza, la cruda sencillez redonda y blanca del olvido.